Ansiedad — Soliloquio

He aprendido a desvanecerme entre la calma y el desespero. No hay un punto medio entre los dos ni pretendo buscarlo. La presión del pecho aumenta cuando escucho las agujas del reloj, disipándose entre los ecos del silencio. Cuánta tensión hay entre un silencio a otro y qué espesa es la respiración al fingir que todo está bien. Pero, ¿Qué está mal? La dualidad me coquetea y caigo sumisa a sus brazos. Encontrar paz se hace imposible en una mente inquieta… y amontonar pensamientos en las noches es devastador. Esa desazón que me da cuando siento que todo marcha bien, es un golpe tónico que llega sin avisar. Es desgastante estar alerta todo el tiempo mientras las ráfagas del desconsuelo hacen de las suyas conmigo.

La ansiedad ha tocado a mi puerta, no tuve más remedio que dejarla entrar. Ella sabe que no es bienvenida, le encanta hacerme humillar. Podría gritarle de frente que me deje tranquila, su sola presencia me perturba, pero guardo silencio porque ella me intimida. Su mirada es tan penetrante que me fulmina el habla. Odio esa sensación de dominio que ella ejerce sobre mí… siento mis manos sudar y el corazón palpitar. Ya había olvidado lo que era estar con ella, había olvidado su olor, ese perfume desquiciado que me envenena. Hay segundos que son eternos, hay minutos que son infinitos y son las horas más perpetuas las que paso junto a ella.

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