Hemisferios de la humanidad

Veo gente feliz por todos lados y me aterra.
No me malinterpreten.
No es que no me agrade verlos felices,
me aterra la idea que no sepan manejar 
los dos hemisferios de la humanidad: 
la tristeza y la felicidad. 
Siendo la segunda más efímera que la primera
pero no importa,
sean felices hasta que el tiempo lo permita
y abracen la tristeza para que no les arrebate la vida. 

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Este es un nuevo comienzo –Reflexión–

Es un nuevo año, donde florecen las oportunidades y le digo adiós a lo que me haya generado algún malestar. 2019 es el año para no cometer errores y aunque suene irrealizable, –¿estúpido?– pues no estoy dispuesta a volver a caer en las garras de ellos.
He estado en un largo trance de entendimiento personal, en el cual me ha costado lágrimas de sangre llegar a donde estoy. ¿Será esto lo que llaman tranquilidad? Tal vez… Sin embargo en la paz también hay agua turbia, ¿por qué?, qué sé yo, nunca estamos conformes con nada.
Aún así, la sonrisa permanece en mi cara y mis carcajadas son más amenas. Mis ojos volvieron a recuperar el brillo y mi mirada está llena de esperanza. Estoy lista para las guerras venideras, para acabar con los problemas y resurgir desde mis entrañas, porque no habrá nada ni nadie que me detenga.

Este es un nuevo comienzo que no pienso darle tregua…

Es mejor tarde que nunca –Reflexión–

Se puede escribir sin pretender algo, aunque suene ilógico, tonto o pareciese que estuviese desvariando. Se puede morir sin haber muerto, aun estando respirando y observando frente a frente el ocaso.
Inclusive, se puede amar después de haber amado, con el corazón roto y un alma devastada de tanto dolor. Atrincherada está la vida que los revés se van amortiguando sin hacerse notar, a menos que los ojos busquen la verdad frente a un espejo. 
Se puede intentar lo que ya se descartó, así las lágrimas hayan inundado todo el espacio exterior. Es posible acariciarse las cicatrices, llenarlas de besos mientras se siente la bondad del perdón. 
Es posible amarse después de haber caído en las mieles de las autodestrucción; un alma estando tan cerca del peligro, es una de las maneras más genuinas de valorar lo que somos. 
Creer en lo que no nunca se creyó, odiar lo que nunca se odió, mandar al carajo todo lo que jamás pensó… es posible hacerlo, ¿saben por qué?
Porque es mejor tarde que nunca. 

Un día aprendí

Un día aprendí a decir adiós sin darme cuenta, cada año que pasa dejo atrás: actitudes, vicios, personas, colores, sabores, errores… y así podría escribir un sinfín de cosas que quedan en el limbo del pasado. En medio de esa nubosidad de antaño, me queda la sensación de haberme quedado con lo mejor de los puños que la vida me proporcionó. He aprendido a no apegarme a las cosas materiales; el apego es ese puñal que perfora el raciocinio y no deja ver lo que en realidad importa. Dejé de sufrir por lo insufrible, hay situaciones que no caben en mis manos y no puedo controlarlas.
“Aquello que no depende de mí, no debe joderme”, es mi consigna. Pero llegar a este punto me ha costado mares, he batallado contra mi peor enemigo… YO, y no ha sido una pelea fácil, a veces me masacra y humilla mis sueños. Todavía sigo en esa constante guerra y cada día que muere, yo sigo respirando.
Siento que no he vivido mucho, sin embargo al verme al espejo mi rostro me confirma todo lo contrario. Mi mirada es nebulosa, desconfiada y tal vez un poco pesimista. Tengo tatuadas las desilusiones en la memoria, pero no para sentirme mal por ello sino para acordarme que en este sube y baja de emociones, el que gana la partida no es el que llora sobre sus desgracias, es el que consigue sobrepasarlas. 

 

Reflexión en un banquillo.

Salí a caminar y me senté en un parque a ver la gente pasar. Quise fumarme un cigarrillo pero recordé que mi relación con el tabaco ha caducado o bueno, eso creo. Lo cierto es que hace rato no me fijaba en las cosas simples que hay alrededor mío. Como el brillo sol contrasta en los árboles, y éstos a su vez bailan eufóricamente con el viento. ¡Vaya viento más destructor de peinados! Aquí un día hace frío y al otro un calor espantoso, supongo que es una de las “ventajas” de vivir en la línea ecuatorial. Por suerte, hoy hizo un lindo día y por suerte hoy tuve tiempo de observar pequeños detalles de mi cotidianidad. Digo que es una suerte, porque normalmente yo me vivo quejando de esto, de aquello y de lo que no ha ocurrido, es decir, pierdo estúpidamente mi tiempo. Pero bueno, volviendo al tema en cuestión: observé a las personas correr de un lado para otro, iban de afanes; unos hablaban entre sí, otras iban cargando a sus bebés. También estaba un señor que vendía helados, se veía agotado. Habían niños jugando fútbol callejero y unos perros jugueteando por todo el parque. Saqué el celular y quise empezar a escribir un poema pero sentí que no era el momento adecuado. Mi mente y mis ojos estaban muy inquietos capturando todo lo que veía, y si yo agachaba la cabeza al móvil, me iba a perder algún detalle que no quería. Mágico momento de introspección. De un momento a otro, el clima empezó a cambiar y un montón de nubes llegaron sin avisar. Sabía que si no emprendía la huida, iba a terminar empapada por la lluvia. Pero eso no me preocupaba en absoluto, es más si me hubiese mojado, no importaba, sólo era llegar a mi casa y cambiarme la ropa.  Empecé a caminar de vuelta a casa, y me percaté que tenía una goma de mascar en mi bolsillo. La vieja costumbre de fumar y después comer algún dulce para persuadir el olor. Sonreí y maldecí. Hay cosas que nunca cambian. 

Ansiedad — Soliloquio

He aprendido a desvanecerme entre la calma y el desespero. No hay un punto medio entre los dos ni pretendo buscarlo. La presión del pecho aumenta cuando escucho las agujas del reloj, disipándose entre los ecos del silencio. Cuánta tensión hay entre un silencio a otro y qué espesa es la respiración al fingir que todo está bien. Pero, ¿Qué está mal? La dualidad me coquetea y caigo sumisa a sus brazos. Encontrar paz se hace imposible en una mente inquieta… y amontonar pensamientos en las noches es devastador. Esa desazón que me da cuando siento que todo marcha bien, es un golpe tónico que llega sin avisar. Es desgastante estar alerta todo el tiempo mientras las ráfagas del desconsuelo hacen de las suyas conmigo.

La ansiedad ha tocado a mi puerta, no tuve más remedio que dejarla entrar. Ella sabe que no es bienvenida, le encanta hacerme humillar. Podría gritarle de frente que me deje tranquila, su sola presencia me perturba, pero guardo silencio porque ella me intimida. Su mirada es tan penetrante que me fulmina el habla. Odio esa sensación de dominio que ella ejerce sobre mí… siento mis manos sudar y el corazón palpitar. Ya había olvidado lo que era estar con ella, había olvidado su olor, ese perfume desquiciado que me envenena. Hay segundos que son eternos, hay minutos que son infinitos y son las horas más perpetuas las que paso junto a ella.

Catarsis del sin sentido

No me pidas sonreír cuando aún tengo el corazón arrugado, aunque en realidad si sonrío y no me cuesta nada. La felicidad es tan efímera que no trasciende con el paso de las horas; sentirse feliz no es un estado de ánimo, es un bálsamo para la realidad. No me pidas ser optimista cuando es la vida, la que te enseña a bañarte con limón las heridas. El optimismo no está hecho para todo el mundo, es un auto-engaño que te protege de la existencia, pero ¿cómo sabes que existes?… 
Todos hablamos de la existencia, de lo ruda que puede ser, de los métodos para burlarnos de ella pero, ¿acaso la existencia no es sinónimo de somnolencia?, ¿Y si todo esto es un sueño? Un perturbador sueño que nos arropa desde que nacemos, con la mentira que debes crecer para alcanzar tus sueños y ahí llegar a tu destino final, que es la muerte. Qué jocoso nacer para morir, qué estúpido vivir bajo ese principio. 
Y llegan los tropiezos, aparecen los problemas en tu pequeño mundo, nada es como el ayer, el hoy no alcanza y el mañana es incierto. Te preguntas si todo esto tiene sentido, a veces dudar de todo es adquirir sabiduría de ti mismo. 
La gente huye de la tristeza porque la ven como algo turbio, y es normal, desde que salimos del útero de nuestra madre, nos han dicho que estar triste es malo, regocijarse en pensamientos negativos, solo nos traería mala suerte. ¿Y no es la suerte un dogma creado por el hombre? “Tener buena suerte” no es como ganarse una lotería y la vida no es para el que le guste todo lo fácil, sin embargo, a esas personas son las que le va mejor. Entonces, vuelves y te preguntas; ¿tiene sentido todo esto? 
Ni este escrito tiene sentido, ni la vida tampoco lo tiene. Mi río en mis tetas, sí, porque siempre quiero llegar a pensar más allá, y no encuentro nada, todo está nublado, confuso. La nada debería ser un lugar tranquilo, empero en ese lugar solo hay desolación y terquedad.
Cae la noche sobre la ciudad, al otro lado del mundo amanece. Todo es tan diciente y la vez es impreciso. Te vas a dormir con la idea que todo continua mientras duermes pero al despertar te das cuenta que todo está tal cual como lo dejaste. 

Ella

No, no es que sea una época difícil. Eres tú, solo tú, siempre tú, demasiado dual, fragmentada. Impedida para encontrar el significado de la felicidad. Demasiado acostumbrada a las heridas. Confundiendo el amor con el castigo. Como si quisieras lastimarme. Una adicta al apego y las mentiras. Una adicta al desdén y al silencio. Puede que me ames pero solo como un árbol de refugio. Una sombra que te cobije del sol que tanto adoras, y no quieres ya soltarte, te da miedo que me mueva. He aceptado mutilarme contra tu piel de diosa, donar mi arte a todo tu ser para inmortalizarte. Pareces una lámina de miel envolviendo el esqueleto de un revolver. Mis ojos mueren cada día al contemplarte mientras tu planeas quemar todos mis pasaportes. Quieres que te ame al ritmo de tus latidos como si fuera posible detener tu hemorragia del dolor y aunque ambos sabemos que después al terminar siempre obtendrás el final que te mereces.

 

“A”.
Colectivo Arte O Culto.

 

Atardeceres que matan

La melancolía me abraza, difícilmente me deja sin palabras. Escucho los ecos de las palabras jamás pronunciadas, caigo rendida en un desvelo profundo y no logro (re)conciliar el sueño. Pero… ¿qué digo? El sol se está despidiendo, cae sobre el horizonte todo lo que ya fue; en los atardeceres se muere un poco así como en cada suspiro  renacen también los más ocultos placeres. – Quiero dormir… cerrar los ojos, volar hacia un lugar desconocido y sumergirme en un mar de tentaciones. 
Alguna vez dije: la luna sabe de mí lo que yo sé de ella y ese día supe que podría convivir con la oscuridad que habita en mí, sin dejarme consumir, sin dejarme afectar por esas sombras que a veces se empeñan en destruirlo todo. 

Desahogo

Tengo angustias atravesadas en la garganta, queriendo desbordarse en un mar de lágrimas. Tengo entumecida la paciencia, esperando quizá, la dicha de encontrar un destello de luz en medio de todo este caos. Puedo sentir cómo todo se derrumba y se desmorona la paz que había cosechado. Trato de no pensar, de no reprocharme nada, incluso, inculparme no me trae nada bueno… ya había olvidado esta sensación, ya había conseguido respirar dentro la oscuridad, pero hay días que vuelvo al inicio y no encuentro motivos para seguir en este camino y es ahí dónde aparece unas cuantas letras, para recordarme que todo pasa, todo río tiene su desembocadura. En los momentos buenos sé quién soy y en los malos sé para dónde voy. A veces no me encuentro pero al final del día estoy lista para dar la pelea. La mente es el lugar donde no hay descanso, todo el tiempo está buscando respuestas a las dudas. Planeando posibles soluciones, haciendo conjeturas sin vuelta atrás. Agobiante es el pensamiento cuando las preocupaciones sobrecarga las emociones. Este desahogo, me ha quitado mil toneladas de pensamientos de encima. Escribir no será mi mayor talento pero es mi terapia intensiva.