Pasos siniestros

Un, dos, tres. Pasos siniestros en el techo otra vez. Un viento helado inunda la habitación; las ventanas están cerradas, es el frío de muerto lo que se siente en el interior. Ulises está acostado en su cama, no se puede mover y tiene toda la intención de salir corriendo, pero su cuerpo está anclado a su cama y su mente no responde a sus instintos.

Hace frío. Ulises está bañado en sudor, millones de gotas se acumularon en las sábanas y sus piernas tiemblan estrepitosamente. Él no tiene control sobre su cuerpo, ni tiene control con lo que sucede a su alrededor. Hay una presencia extraña, él lo sabe pero no la puede ver. Sus ojos están nublados, solo ve sombras, que se van acercando lentamente hacia su humanidad. Quiere gritar, pero no tiene la voluntad para hacerlo. Esa presencia lo tiene abrumado y su respiración cada segundo que pasa está más entrecortada. Su cuerpo parece una tabla, está rígido. Está esperando que pase lo peor.

Son las tres y quince de la madrugada, se escuchan los pasos siniestros caminar hacia la cama. Ulises está indefenso, cierra los ojos. Cree que todo esto es un mal sueño. Abre los ojos y ve una sombra negra sobre él, siente como le acaricia la cara y le presiona el cuello. Ulises vuelve a cerrar los ojos y repite: todo esto es un sueño. Abre los ojos, y ya no están nublados, ha recuperado plenamente su vista. Observa la misma sombra negra, pero sus ojos son rojos. No tiene boca pero sí tiene una temible sonrisa. No tiene manos pero siente que lo está ahorcando.

Ulises se da cuenta que no quiere morir. Reacciona y empieza a tirar patadas al aire con sus piernas. Con sus manos, empuja a la sombra negra, pero es inútil, ella es más fuerte que él. Nuevamente, ella lo empuja contra la cama. Sin embargo Ulises no se rinde, pelea por zafarse.
Él logra vencerla, la aparta de su cuerpo y se levanta. Sale corriendo de su cuarto, corre por el pasillo a media luz.

Al llegar al fondo de su corredor, hay un espejo. Ulises se queda atónito. Se queda mudo. Su reflejo en aquel espejo, no era él, era la sombra negra.
Corre enceguecido por el miedo a su habitación y al llegar ve… su cuerpo inmóvil en la cama.

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Mi blog “La Esfera que no gira más” ha sido nominado al Sunshine Blogger Award

Recibo con mucha sorpresa y alegría este reconocimiento que me ha dado Elloboestaaqui , donde me nomina al SUNSHINE BLOGGER AWARD. Te lo agradezco mucho por tener en cuenta mi espacio, y tú que lees esto y no lo sigues, ¿qué esperas?

Pero ¿en qué consiste está dinámica? Según lo que entiendo es una manera de “romper el hielo” entre los blogueros de WordPress. Se recomienda blogs que más te llaman la atención o que te parecen que generan un increíble contenido en sus plataformas, ya sea escrito, audiovisual, fotografía, etc. Lo cual me parece increíble porque la finalidad de estar en esta comunidad es que te lean y que leas a los que sigues.

Como toda dinámica hay reglas que debes seguir para que no se pierda el objetivo y la reglas de los Sunshine Blogger Award son:

  • Agradecer y mencionar al bloguero que te ha nominado enlazando su blog.
  • Insertar el logo de los Sunshine Blogger Award en el post.
  • Contestar a las once preguntas que te plantean.
  • Nominar a once blogueros.
  • Formular once preguntas para ser contestadas. Indicar las reglas de las nominaciones.

Las respuestas a las preguntas que formuló Elloboestaaqui son:

¿Por qué escribir?
Porque escribir te sana el alma, te libera de lo que llevas a cargo en tu espalda. Si escribir no sirviera de algo, no habría tantos libros en el mundo.
Escribir es abrir una puerta a un mundo totalmente desconocido, del cual no sabes si te vas a ir al precipicio o vas a volar tan alto que no necesitaras alas para conseguirlo.

¿Por qué no escribir?
Si no tienes nada que escupir ni nada que te motive a manisfestarlo, es mejor no hacerlo. Cuando no hay sentimiento, de ahí no puede resultar nada bueno.

¿De verdad quieres ser escritor/a?
Creo que ya lo soy, así lo niegue muchas veces. Escritor es aquel que tiene algo qué contar, ya sea por medio de un poema o relato.

¿Necesidad, expiación o entretenimiento?
Un poco de las tres. De esa mezcla nacen las mejores letras.

¿Para qué sirve un libro?
Para vivirlo. Si no entras en él, no hay sentido al momento de leerlo.

¿Te importa la opinión de los lectores a la hora de escribir?
No. Escribo lo que siento, lo que vivo ya sea por experiencia propia o por terceros.

¿Cuál es tu opinión del mundo editorial?
Es un mundo perverso, del cual puedes salir herido o victorioso.

¿Te censuras?
No, cuando escribo soy libre.

¿Dejarás que lo hagan los demás?
No sería yo misma. Eso sería como venderme, entonces no.

¿A qué sabe la inspiración?
Sabe a café en la mañana, a pasto mojado, a las gotas de lluvia golpeando la ventana. Sabe al atardecer y a las noches frías.

Si quieres ser un escritor/a profesional o ya lo eres, ¿qué esperas conseguir siéndolo?
Ser yo misma y que mis lectores se sientan identificados de alguna manera con mis escritos.

Mis nominados a los SUNSHINE BLOGGER AWARD:

*Jon Purple: https://poesiaysatira.wordpress.com

*Rimas Flotantes: https://rimasflotantes.wordpress.com

*Iñaki Narvalaz Rodríguez: https://corazonesidiotas.wordpress.com

*Susana Ropero: https://lapoesiaesodecian.wordpress.com

*JJ Zaratruciano: https://jjzaratruciano.wordpress.com

*estrelliviriblog: https://estrelliviriblog.wordpress.com

*Lucio Data: https://poesialuciodata.com

*CarMac: https://carmacfoto.blog

*estherangelesdepablo: https://estherangelesdepablocom.wordpress.com

*Bufón Loco: https://somewhereinprovidencia.wordpress.com

*Luces y sombras: https://lucesysombrasopinion.com

Mis 11 preguntas para ellos son:
¿Cuál es la motivación para seguir con el blog?
¿Cómo ha sido su experiencia en la comunidad de WordPress?
¿Cuál es el libro que más lo ha marcado en la vida?
¿Qué libro no recomendaría? ¿Por qué?
¿Al momento de escribir prefiere hacerlo en total silencio o con música de fondo?
¿Cómo le parece a ud. la dinámica de Sunshine Blogger Award?
¿Qué tipo de género literario es su favorito? ¿Por qué?
¿Película favorita? Si tiene varias, nombre al menos cinco.
¿Qué prefiere, ir a cine o ver películas en la comodidad de su casa?
Si la inspiración está ausente, ¿qué hace usted al respecto?
¿Qué opina de las redes sociales?

Poemas de Alejandra Pizarnik

Fiesta en el vacío

Como el viento sin alas encerrado en mis ojos
es la llamada de la muerte.
Sólo un ángel me enlazará al sol.
Dónde el ángel,
dónde su palabra.

Oh perforar con vino la suave necesidad de ser.


Cenizas

La noche se astilló de estrellas
mirándome alucinada
el aire arroja odio
embellecido su rostro
con música.
Pronto nos iremos
Arcano sueño
antepasado de mi sonrisa
el mundo está demacrado
y hay candado pero no llaves
y hay pavor pero no lágrimas.
¿Qué haré conmigo?
Porque a Ti te debo lo que soy
Pero no tengo mañana
Porque a Ti te…
La noche sufre.


 A la espera de la oscuridad

Ese instante que no se olvida
Tan vacío devuelto por las sombras
Tan vacío rechazado por los relojes
Ese pobre instante adoptado por mi ternura
Desnudo desnudo de sangre de alas
Sin ojos para recordar angustias de antaño
Sin labios para recoger el zumo de las violencias
perdidas en el canto de los helados campanarios.
Ampáralo niña ciega de alma
Ponle tus cabellos escarchados por el fuego
Abrázalo pequeña estatua de terror.
Señálale el mundo convulsionado a tus pies
A tus pies donde mueren las golondrinas
Tiritantes de pavor frente al futuro
Dile que los suspiros del mar
Humedecen las únicas palabras
Por las que vale vivir.
Pero ese instante sudoroso de nada
Acurrucado en la cueva del destino
Sin manos para decir nunca
Sin manos para regalar mariposas
A los niños muertos



La carencia 

Yo no sé de pájaros,
no conozco la historia del fuego.
Pero creo que mi soledad debería tener alas.



Mendiga voz

Y aún me atrevo a amar
el sonido de la luz en una hora muerta,
el color del tiempo en un muro abandonado.

En mi mirada lo he perdido todo.
Es tan lejos pedir. Tan cerca saber que no hay.



Alejandra Pizarnik

Levantarse y beber café

Levantarse, beber un poco de café. Escuchar los pájaros trinar y sentir el cuerpo pesado al caminar. Hay un sol resplandeciente afuera y las ganas de dormir siguen plenas. Los minutos golpean en la cara, sin embargo hacer caso omiso al tiempo es la solución al problema. Las manos tiemblan, la respiración se agita, los ojos son dos grandes charcos y en el pecho hay una herida que nunca cicatriza. La boca del estómago trata de digerir lo que pasa por la mente, pero es inútil no hay respuesta que pueda aliviar tanta angustia. La cabeza es un torbellino de pensamientos vanos, ni los gritos ayudarían a calmar la zozobra de no existir.
Es esa existencia la que no da tregua, es una pelea desgastante que va carcomiendo la vida. Cada instante es más tedioso respirar y las malas ideas aparecen sin refunfuñar. 
Llega la tarde, alguien pregunta: ¿Cómo está?, a nadie le importa la respuesta, sólo quieren oír la verdad más conveniente. El silencio acompaña la velada y el atardecer se viste de gala. Muere el sol otra vez y muere el alma cansada también. 
La noche trae su fortuna, es un reto sobrevivir a ella. Los demonios mentales se desatan y la lucha parece eterna. Una, dos, tres de la madrugada, el insomnio es un búho que cuida la tristeza.

Con suerte mañana se levantará y beberá café.

El baile de los ahorcados – Arthur Rimbaud

En la horca negra bailan, amable manco, 
bailan los paladines, los descarnados danzarines del diablo; 
danzan que danzan sin fin
los esqueletos de Saladín.

¡Monseñor Belzebú tira de la corbata
de sus títeres negros, que al cielo gesticulan, 
y al darles en la frente un buen zapatillazo 
les obliga a bailar ritmos de Villancico!

Sorprendidos, los títeres, juntan sus brazos gráciles: 
como un órgano negro, los pechos horadados, 
que antaño damiselas gentiles abrazaban, 
se rozan y entrechocan, en espantoso amor.

¡Hurra!, alegres danzantes que perdisteis la panza, 
trenzad vuestras cabriolas pues el tablao es amplio, 
¡Que no sepan, por Dios, si es danza o es batalla! 
¡Furioso, Belzebú rasga sus violines!

¡Rudos talones; nunca su sandalia se gasta!
Todos se han despojado de su sayo de piel: 
lo que queda no asusta y se ve sin escándalo.
En sus cráneos, la nieve ha puesto un blanco gorro.

El cuervo es la cimera de estas cabezas rotas; 
cuelga un jirón de carne de su flaca barbilla: 
parecen, cuando giran en sombrías refriegas, 
rígidos paladines, con bardas de cartón.

¡Hurra!, ¡que el cierzo azuza en el vals de los huesos! 
¡y la horca negra muge cual órgano de hierro! 
y responden los lobos desde bosques morados: 
rojo, en el horizonte, el cielo es un infierno…

¡Zarandéame a estos fúnebres capitanes
que desgranan, ladinos, con largos dedos rotos, 
un rosario de amor por sus pálidas vértebras: 
¡difuntos, que no estamos aquí en un monasterio!

Y de pronto, en el centro de esta danza macabra 
brinca hacia el cielo rojo, loco, un gran esqueleto, 
llevado por el ímpetu, cual corcel se encabrita 
y, al sentir en el cuello la cuerda tiesa aún,

crispa sus cortos dedos contra un fémur que cruje 
con gritos que recuerdan atroces carcajadas,
y, como un saltimbanqui se agita en su caseta, 
vuelve a iniciar su baile al son de la osamenta.

En la horca negra bailan, amable manco, 
bailan los paladines, 
los descarnados danzarines del diablo; 
danzan que danzan sin fin 
los esqueletos de Saladín.

Bruyant

Me aterra el dejarte ir como el querer amarrarte a mi estable inestabilidad, a este miserable odio a los amaneceres fríos y solitarios que solo anhelan un poco de fuego y oscuridad.

Me horroriza lo que hay en mi interior, tanto como el no llegar a conocerlo nunca. Y que lo único que logre, sea iluminarte con tanta oscuridad hasta cegarte.

No quiero ahogar tus sonrisas en lágrimas conservadas en vasos de agua, pero pretendo hundirme en carcajadas que estarán cada vez más lejos…

Aunque se muden a mi lado.

Escrito por:

Laura J. García García.

Microcuento: La Decepción

Era inminente su desfachatez que me senté en la orilla de las sombras, a esperar su demente sonrisa en frente de mi rostro. No quedaban esperanzas, la luz natural se estaba marchitando con el paso de las horas. Ni los eternos suspiros pudieron contrarrestar el sabor amargo de la demora. Quise salir corriendo, renunciar a los intentos pero fue inútil, preferí aguardar la decepción. Sin armadura y con la frente en alto. 

Poemas de Charles Baudelaire

Algunos de los poemas del libro Las Flores del Mal. 

1855.
XI
EL DE LA MALA SUERTE
(El artista ignorado.)
¡Para levantar un peso tan abrumador,
Sísifo, sería menester tu coraje!
Por más que se ponga amor en la obra,
El Arte es largo y el Tiempo es corto.
enlutado, Va, tocando marchas fúnebres.
–Más de una joya duerme amortajada
En las tinieblas y el olvido,
Muy lejos de azadones y de sondas;
Más de una flor despliega con pesar
Su perfume dulce como un secreto
En las soledades profundas.

1852.
XIV
EL HOMBRE Y EL MAR
¡Hombre libre, siempre adorarás el mar!
El mar es tu espejo; contemplas tu alma
En el desarrollo infinito de su oleaje,
Y tu espíritu no es un abismo menos amargo.
Te complaces hundiéndote en el seno de tu imagen;
La abarcas con ojos y brazos, y tu corazón
Se distrae algunas veces de su propio rumor
Al ruido de esta queja indomable y salvaje.
Ambos sois tenebrosos y discretos:
Hombre, nadie ha sondeado el fondo de tus abismos,
¡Oh, mar, nadie conoce tus tesoros íntimos,
Tan celosos sois de guardar vuestros secretos! remordimiento,
Tanto amáis la carnicería y la muerte,
¡Oh, luchadores eternos, oh, hermanos implacables!

1850.
XVII
LA BELLEZA
Soy hermosa, ¡oh, mortales! cual un sueño de piedra,
Y mi pecho, en el que cada uno se ha magullado a su vez,
Está hecho para inspirar al poeta un amor
Eterno y mudo así como la materia.
Tengo mi trono en el azar cual una esfinge incomprendida;
Uno un corazón de nieve a la blancura de los cisnes;
Aborrezco el movimiento que desplaza las líneas,
Y jamás lloro y jamás río.
Los poetas, ante mis ampulosas actitudes,
Que parezco copiar de los más altivos monumentos,
consumirán sus días en austeros estudios;
Porque tengo, para fascinar a esos dóciles amantes,
Puros espejos que tornan todas las cosas más bellas:
¡Mis ojos, mis grandes ojos, los de los fulgores eternos!

1859.
XXIV
(YO TE ADORO…)
Yo te adoro al igual que la bóveda nocturna,
Oh, vaso de tristeza, oh gran taciturna,
Y te amo lo mismo, bella, cuando tú me huyes,
Y cuando me pareces, ornamento de mis noches, bella!
Más irónicamente acumular las leguas
Que separan mis brazos de las inmensidades azules
Me adelanto al ataque, y trepo en los asaltos,
Como alrededor de un cadáver un coro de gusanos,
Y quiero ¡oh, bestia implacable y cruel!
Hasta esta frialdad por la que me eres más bella!

1851.
XXXI
EL VAMPIRO
Tú que, como una cuchillada,
En mi corazón doliente has entrado;
Tú que, fuerte como un tropel
De demonios, llegas, loca y adornada,
De mi espíritu humillado
Haces tu lecho y tu imperio,
–Infame a quien estoy ligado,
Como el forzado a la cadena,
Como al juego el jugador empedernido,
Como a la botella el borracho,
Como a los gusanos la carroña,
–¡Maldita, maldita seas!
He implorado a la espada rápida
La conquista de mi libertad,
Y he dicho al veneno pérfido
Que socorriera mi cobardía.
¡Ah! El veneno y la espada
Me han desdeñado y me han dicho:
“Tú no eres digno de que te arranquen
De tu esclavitud maldita,
¡Imbécil! – de su imperio
Si nuestros esfuerzos te libraran,
Tus besos resucitarían
El cadáver de tu vampiro!”

1860.
XLI
TODA INTEGRA
El Demonio, en mi altillo,
Esta mañana vino a verme,
Y, tratando de cogerme en falta, Me ha dicho:
“Yo quisiera saber,
Entre todas las hermosas cosas
De que está hecho su encanto, dictaminado,
Nada puede ser preferido.
Cuando todo me encanta, yo ignoro
Si alguna cosa me seduce,
Ella deslumbra como la Aurora
Y consuela como la Noche;
Y la armonía es harto exquisita,
Que gobierna todo su bello cuerpo,
Para que la impotencia analice
Anotando los numerosos acordes.
¡Oh, metamorfosis mística
De todos mis sentidos fundidos en uno!
¡Su aliento produce la música,
Así como su voz hace el perfume!

1857.
LV
PLATICA
¡Eres un hermoso cielo de otoño, claro y rosado! que se pasma;
Lo que ella busca, amiga, es un lugar saqueado
Por la garra y el diente feroz de la mujer.
No busques más mi corazón; las bestias lo han devorado.
Mi corazón es un palacio mancillado por el tumulto;
¡En él se embriagan, se matan, se arrancan los cabellos!
–¡Un perfume flota alrededor de tu garganta desnuda!…
¡Oh, Belleza, duro flagelo de las almas, tú lo quieres!
¡Con tus ojos de fuego, brillante como orgías!,
¡Calcinas estos jirones que han desdeñado las bestias!

1861.
LXXXVIII
A UNA MENDIGA PELIRROJA
Blanca muchacha de los cabellos rojizos,
Cuyo vestido por los agujeros
Deja ver la pobreza
Y la belleza,
Para mí, poeta enclenque,
Tu joven cuerpo enfermizo,
Lleno de pecas,
Tiene su dulzura.
Tú llevas más galantemente
Que una reina de romance
Sus coturnos de terciopelo
Tus zuecos burdos.
En lugar de un harapo muy corto,
Un soberbio traje de corte
Arrastra con pliegues rumorosos
y largos Sobre tus talones;
En lugar de medias agujereadas,
Para los ojos taimados
Sobre tu pierna un puñal de oro
Reluce todavía;
Nudos mal ajustados
Desnudan para nuestros pecados
Tus dos hermosos senos, radiantes
Como dos ojos;
Que para desnudarte
Tus brazos se hacen rogar
Y expulsan con golpes vivaces
Los dedos traviesos,
Perlas del más bello oriente,
Sonetos del maestro Belleau
Por tus galantes engrillados
Sin cesar ofrecidos Ronsard
¡Espiaban por diversión Tu fresco escondrijo!
Tú contabas en tus lechos Más besos que lises
Y ordenabas bajo tus leyes ¡Más de un Valois!
–Empero tú vas mendigando
Algún viejo mendrugo yaciendo
En el umbral de cualquier Véfour
De la encrucijada;
Tú vas curioseando por debajo
Joyas de veintinueve sueldos
Que yo no puedo, ¡oh, perdón!
Regalarte.
¡Ve, pues, sin otro adorno,
Perfumes, perlas, diamante,
Que tu magra desnudez!
¡Oh, mi belleza!

1857
FLORES DEL MAL
CIX
LA DESTRUCCIÓN
Incesante a mi vera se agita el Demonio;
Flota alrededor mío como un aire impalpable;
Lo aspiro y lo siento que quema mis pulmones Arte,
La forma de la más seductora de las mujeres,
Y, bajo especiosos pretextos de tedio,
Habitúa mis labios a filtros infames.
Me conduce así, lejos de la mirada de Dios,
Jadeante y destrozado por la fatiga, en medio
De las llanuras del Hastío, profundas y desiertas,
Y despliega ante mis ojos llenos de confusión
Vestimentas mancilladas, heridas abiertas,
¡Y el aparejo sangriento de la Destrucción!

1857
CXX
LAS LETANÍAS DE SATÁN
¡Oh tú!, el más sabio y el más hermoso de los Ángeles,
Dios traicionado por la suerte y privado de alabanzas,
¡Oh, Satán, apiádate de mi larga miseria!
¡Oh, Príncipe del exilio al cual se ha agraviado,
Y que, vencido, siempre te yergues más fuerte!
¡Oh, Satán, apiádate de mi larga miseria!
Tú que sabes todo, gran rey de las cosas subterráneas,
Curandero familiar de las angustias humanas, encantadora!
¡Oh, Satán, apiádate de mi larga miseria!
Tú que infundes al proscripto esa mirada serena y altiva
Que condena todo un pueblo alrededor de un patíbulo,
¡Oh, Satán, apiádate de mi larga miseria!
Tú que sabes en qué rincones de las tierras envidiosas
El Dios celoso oculta las piedras preciosas,
¡Oh, Satán, apiádate de mi larga miseria!
Tú, cuya clara mirada conoce los profundos arsenales
Donde duerme sepultado el pueblo de los metales,
¡Oh, Satán, apiádate de mi larga miseria!
Tú, cuya larga mano oculta los precipicios
Al sonámbulo errante en el borde de los edificios,
¡Oh, Satán, apiádate de mi larga miseria!
Tú que, mágicamente, ablandas los viejos huesos
Del borracho retardado hollado por los caballos,
¡Oh, Satán, apiádate de mi larga miseria!
Tú que, para consolar al hombre débil que sufre,
Nos enseñas a mezclar el salitre y el azufre,
¡Oh, Satán, apiádate de mi larga miseria!
Tú que pones tu impronta, ¡oh!, cómplice sutil,
Sobre la frente del Creso implacable y vil,
¡Oh, Satán, apiádate de mi larga miseria!
Tú que pones en los ojos y el corazón de las rameras
El culto de la llaga y el amor de los andrajos, conspiradores,
¡Oh, Satán, apiádate de mi larga miseria!
Padre adoptivo de los que en su negra cólera
Del paraíso terrestre arrojó Dios Padre,
¡Oh, Satán, apiádate de mi larga miseria!

1862.
I
POESÍAS DIVERSAS
¿No es verdad que es grato, ahora que estamos
Como el resto de los hombres, fatigados y marchitos.
Escudriñar algunas veces en el Oriente lejano
Si vemos todavía los arreboles matinales,
Y, cuando avanzamos en la ruda carrera,
Escuchar los ecos cantarines y a la zaga
Y los cuchicheos de aquellos juveniles amores
Que el Señor puso en el comienzo de nuestros días?

1864.
II
Se complacía en verla, con sus faldas blancas,
Correr a través de frondas y ramajes,
Aturdida y llena de gracia, mientras ocultaba
Su pierna, si el vestido se enredaba en las zarzas.

VIII
Yace aquí aquel que por haber amado mucho a las rameras,
Descendió, joven aún, al reino de los topos.

 

 

El corazón delator – Edgar Allan Poe

¡Es cierto! Siempre he sido nervioso, muy nervioso, terriblemente nervioso. ¿Pero por qué afirman ustedes que estoy loco? La enfermedad había agudizado mis sentidos, en vez de destruirlos o embotarlos. Y mi oído era el más agudo de todos. Oía todo lo que puede oírse en la tierra y en el cielo. Muchas cosas oí en el infierno. ¿Cómo puedo estar loco, entonces? Escuchen… y observen con cuánta cordura, con cuánta tranquilidad les cuento mi historia.

Me es imposible decir cómo aquella idea me entró en la cabeza por primera vez; pero, una vez concebida, me acosó noche y día. Yo no perseguía ningún propósito. Ni tampoco estaba colérico. Quería mucho al viejo. Jamás me había hecho nada malo. Jamás me insultó. Su dinero no me interesaba. Me parece que fue su ojo. ¡Sí, eso fue! Tenía un ojo semejante al de un buitre… Un ojo celeste, y velado por una tela. Cada vez que lo clavaba en mí se me helaba la sangre. Y así, poco a poco, muy gradualmente, me fui decidiendo a matar al viejo y librarme de aquel ojo para siempre.

Presten atención ahora. Ustedes me toman por loco. Pero los locos no saben nada. En cambio… ¡Si hubieran podido verme! ¡Si hubieran podido ver con qué habilidad procedí! ¡Con qué cuidado… con qué previsión… con qué disimulo me puse a la obra! Jamás fui más amable con el viejo que la semana antes de matarlo. Todas las noches, hacia las doce, hacía yo girar el picaporte de su puerta y la abría… ¡oh, tan suavemente! Y entonces, cuando la abertura era lo bastante grande para pasar la cabeza, levantaba una linterna sorda, cerrada, completamente cerrada, de manera que no se viera ninguna luz, y tras ella pasaba la cabeza. ¡Oh, ustedes se hubieran reído al ver cuán astutamente pasaba la cabeza! La movía lentamente… muy, muy lentamente, a fin de no perturbar el sueño del viejo. Me llevaba una hora entera introducir completamente la cabeza por la abertura de la puerta, hasta verlo tendido en su cama. ¿Eh? ¿Es que un loco hubiera sido tan prudente como yo? Y entonces, cuando tenía la cabeza completamente dentro del cuarto, abría la linterna cautelosamente… ¡oh, tan cautelosamente! Sí, cautelosamente iba abriendo la linterna (pues crujían las bisagras), la iba abriendo lo suficiente para que un solo rayo de luz cayera sobre el ojo de buitre. Y esto lo hice durante siete largas noches… cada noche, a las doce… pero siempre encontré el ojo cerrado, y por eso me era imposible cumplir mi obra, porque no era el viejo quien me irritaba, sino el mal de ojo. Y por la mañana, apenas iniciado el día, entraba sin miedo en su habitación y le hablaba resueltamente, llamándolo por su nombre con voz cordial y preguntándole cómo había pasado la noche. Ya ven ustedes que tendría que haber sido un viejo muy astuto para sospechar que todas las noches, justamente a las doce, iba yo a mirarlo mientras dormía.

Al llegar la octava noche, procedí con mayor cautela que de costumbre al abrir la puerta. El minutero de un reloj se mueve con más rapidez de lo que se movía mi mano. Jamás, antes de aquella noche, había sentido el alcance de mis facultades, de mi sagacidad. Apenas lograba contener mi impresión de triunfo. ¡Pensar que estaba ahí, abriendo poco a poco la puerta, y que él ni siquiera soñaba con mis secretas intenciones o pensamientos! Me reí entre dientes ante esta idea, y quizá me oyó, porque lo sentí moverse repentinamente en la cama, como si se sobresaltara. Ustedes pensarán que me eché hacia atrás… pero no. Su cuarto estaba tan negro como la pez, ya que el viejo cerraba completamente las persianas por miedo a los ladrones; yo sabía que le era imposible distinguir la abertura de la puerta, y seguí empujando suavemente, suavemente.

Había ya pasado la cabeza y me disponía a abrir la linterna, cuando mi pulgar resbaló en el cierre metálico y el viejo se enderezó en el lecho, gritando:

-¿Quién está ahí?

Permanecí inmóvil, sin decir palabra. Durante una hora entera no moví un solo músculo, y en todo ese tiempo no oí que volviera a tenderse en la cama. Seguía sentado, escuchando… tal como yo lo había hecho, noche tras noche, mientras escuchaba en la pared los taladros cuyo sonido anuncia la muerte.

Oí de pronto un leve quejido, y supe que era el quejido que nace del terror. No expresaba dolor o pena… ¡oh, no! Era el ahogado sonido que brota del fondo del alma cuando el espanto la sobrecoge. Bien conocía yo ese sonido. Muchas noches, justamente a las doce, cuando el mundo entero dormía, surgió de mi pecho, ahondando con su espantoso eco los terrores que me enloquecían. Repito que lo conocía bien. Comprendí lo que estaba sintiendo el viejo y le tuve lástima, aunque me reía en el fondo de mi corazón. Comprendí que había estado despierto desde el primer leve ruido, cuando se movió en la cama. Había tratado de decirse que aquel ruido no era nada, pero sin conseguirlo. Pensaba: “No es más que el viento en la chimenea… o un grillo que chirrió una sola vez”. Sí, había tratado de darse ánimo con esas suposiciones, pero todo era en vano. Todo era en vano, porque la Muerte se había aproximado a él, deslizándose furtiva, y envolvía a su víctima. Y la fúnebre influencia de aquella sombra imperceptible era la que lo movía a sentir -aunque no podía verla ni oírla-, a sentir la presencia de mi cabeza dentro de la habitación.

Después de haber esperado largo tiempo, con toda paciencia, sin oír que volviera a acostarse, resolví abrir una pequeña, una pequeñísima ranura en la linterna.

Así lo hice -no pueden imaginarse ustedes con qué cuidado, con qué inmenso cuidado-, hasta que un fino rayo de luz, semejante al hilo de la araña, brotó de la ranura y cayó de lleno sobre el ojo de buitre.

Estaba abierto, abierto de par en par… y yo empecé a enfurecerme mientras lo miraba. Lo vi con toda claridad, de un azul apagado y con aquella horrible tela que me helaba hasta el tuétano. Pero no podía ver nada de la cara o del cuerpo del viejo, pues, como movido por un instinto, había orientado el haz de luz exactamente hacia el punto maldito.

¿No les he dicho ya que lo que toman erradamente por locura es sólo una excesiva agudeza de los sentidos? En aquel momento llegó a mis oídos un resonar apagado y presuroso, como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Aquel sonido también me era familiar. Era el latir del corazón del viejo. Aumentó aún más mi furia, tal como el redoblar de un tambor estimula el coraje de un soldado.

Pero, incluso entonces, me contuve y seguí callado. Apenas si respiraba. Sostenía la linterna de modo que no se moviera, tratando de mantener con toda la firmeza posible el haz de luz sobre el ojo. Entretanto, el infernal latir del corazón iba en aumento. Se hacía cada vez más rápido, cada vez más fuerte, momento a momento. El espanto del viejo tenía que ser terrible. ¡Cada vez más fuerte, más fuerte! ¿Me siguen ustedes con atención? Les he dicho que soy nervioso. Sí, lo soy. Y ahora, a medianoche, en el terrible silencio de aquella antigua casa, un resonar tan extraño como aquél me llenó de un horror incontrolable. Sin embargo, me contuve todavía algunos minutos y permanecí inmóvil. ¡Pero el latido crecía cada vez más fuerte, más fuerte! Me pareció que aquel corazón iba a estallar. Y una nueva ansiedad se apoderó de mí… ¡Algún vecino podía escuchar aquel sonido! ¡La hora del viejo había sonado! Lanzando un alarido, abrí del todo la linterna y me precipité en la habitación. El viejo clamó una vez… nada más que una vez. Me bastó un segundo para arrojarlo al suelo y echarle encima el pesado colchón. Sonreí alegremente al ver lo fácil que me había resultado todo. Pero, durante varios minutos, el corazón siguió latiendo con un sonido ahogado. Claro que no me preocupaba, pues nadie podría escucharlo a través de las paredes. Cesó, por fin, de latir. El viejo había muerto. Levanté el colchón y examiné el cadáver. Sí, estaba muerto, completamente muerto. Apoyé la mano sobre el corazón y la mantuve así largo tiempo. No se sentía el menor latido. El viejo estaba bien muerto. Su ojo no volvería a molestarme.

Si ustedes continúan tomándome por loco dejarán de hacerlo cuando les describa las astutas precauciones que adopté para esconder el cadáver. La noche avanzaba, mientras yo cumplía mi trabajo con rapidez, pero en silencio. Ante todo descuarticé el cadáver. Le corté la cabeza, brazos y piernas.

Levanté luego tres planchas del piso de la habitación y escondí los restos en el hueco. Volví a colocar los tablones con tanta habilidad que ningún ojo humano -ni siquiera el suyo- hubiera podido advertir la menor diferencia. No había nada que lavar… ninguna mancha… ningún rastro de sangre. Yo era demasiado precavido para eso. Una cuba había recogido todo… ¡ja, ja!

Cuando hube terminado mi tarea eran las cuatro de la madrugada, pero seguía tan oscuro como a medianoche. En momentos en que se oían las campanadas de la hora, golpearon a la puerta de la calle. Acudí a abrir con toda tranquilidad, pues ¿qué podía temer ahora?

Hallé a tres caballeros, que se presentaron muy civilmente como oficiales de policía. Durante la noche, un vecino había escuchado un alarido, por lo cual se sospechaba la posibilidad de algún atentado. Al recibir este informe en el puesto de policía, habían comisionado a los tres agentes para que registraran el lugar.

Sonreí, pues… ¿qué tenía que temer? Di la bienvenida a los oficiales y les expliqué que yo había lanzado aquel grito durante una pesadilla. Les hice saber que el viejo se había ausentado a la campaña. Llevé a los visitantes a recorrer la casa y los invité a que revisaran, a que revisaran bien. Finalmente, acabé conduciéndolos a la habitación del muerto. Les mostré sus caudales intactos y cómo cada cosa se hallaba en su lugar. En el entusiasmo de mis confidencias traje sillas a la habitación y pedí a los tres caballeros que descansaran allí de su fatiga, mientras yo mismo, con la audacia de mi perfecto triunfo, colocaba mi silla en el exacto punto bajo el cual reposaba el cadáver de mi víctima.

Los oficiales se sentían satisfechos. Mis modales los habían convencido. Por mi parte, me hallaba perfectamente cómodo. Sentáronse y hablaron de cosas comunes, mientras yo les contestaba con animación. Mas, al cabo de un rato, empecé a notar que me ponía pálido y deseé que se marcharan. Me dolía la cabeza y creía percibir un zumbido en los oídos; pero los policías continuaban sentados y charlando. El zumbido se hizo más intenso; seguía resonando y era cada vez más intenso. Hablé en voz muy alta para librarme de esa sensación, pero continuaba lo mismo y se iba haciendo cada vez más clara… hasta que, al fin, me di cuenta de que aquel sonido no se producía dentro de mis oídos.

Sin duda, debí de ponerme muy pálido, pero seguí hablando con creciente soltura y levantando mucho la voz. Empero, el sonido aumentaba… ¿y que podía hacer yo? Era un resonar apagado y presuroso…, un sonido como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Yo jadeaba, tratando de recobrar el aliento, y, sin embargo, los policías no habían oído nada. Hablé con mayor rapidez, con vehemencia, pero el sonido crecía continuamente. Me puse en pie y discutí sobre insignificancias en voz muy alta y con violentas gesticulaciones; pero el sonido crecía continuamente. ¿Por qué no se iban? Anduve de un lado a otro, a grandes pasos, como si las observaciones de aquellos hombres me enfurecieran; pero el sonido crecía continuamente. ¡Oh, Dios! ¿Qué podía hacer yo? Lancé espumarajos de rabia… maldije… juré… Balanceando la silla sobre la cual me había sentado, raspé con ella las tablas del piso, pero el sonido sobrepujaba todos los otros y crecía sin cesar. ¡Más alto… más alto… más alto! Y entretanto los hombres seguían charlando plácidamente y sonriendo. ¿Era posible que no oyeran? ¡Santo Dios! ¡No, no! ¡Claro que oían y que sospechaban! ¡Sabían… y se estaban burlando de mi horror! ¡Sí, así lo pensé y así lo pienso hoy! ¡Pero cualquier cosa era preferible a aquella agonía! ¡Cualquier cosa sería más tolerable que aquel escarnio! ¡No podía soportar más tiempo sus sonrisas hipócritas! ¡Sentí que tenía que gritar o morir, y entonces… otra vez… escuchen… más fuerte… más fuerte… más fuerte… más fuerte!

-¡Basta ya de fingir, malvados! -aullé-. ¡Confieso que lo maté! ¡Levanten esos tablones! ¡Ahí… ahí!¡Donde está latiendo su horrible corazón!

FIN

Edgar Allan Poe

Microcuento – El Puñal

El miedo se tragó sus palabras 
no quiso arriesgarse a nada,
pudo más su soberbia
el ego sobrepasó su cabeza
ahí estaba ella, 
abriéndole los brazos
y él no quiso verla,
se negó a hablarle 
no quería hacerle daño
pero, el daño ya estaba hecho.
Su indiferencia fue el puñal
rastrero que acabó
con la poca fe
que habitaba en ella.