Llegó abril.

Llegó abril,
llegó sin prisa y con las cuencas abiertas.
Llegó abril y no callé para ocultar
su encanto.
La brisa acarició mis piernas
y juré al cielo, sonreír
sin esperar nada a cambio.
Mis labios carmín
no mienten,
pero no veo tu boca,
acechando mi fortuna.
Llegó abril,
llegó sin prisa y con la primavera a cuestas.

Ramera estampada

Mi pluma se desvanece sobre el papel.
Es inerte, es insultante,
pero he sorteado al destino
de unas cuantas letras de mi camino.
No hay testigos
qué veneren mi llamado,
ni verdugos qué mutilen
los sollozos de mi cansancio.

Mi vida, a veces, es una ramera estampada
y, aún así, no me fío de sus trucos
pues, dentro de mi fracaso,
la soledad se esmera en hacerme sentir bien.

Prefiero los solos desgarradores,
las risas espontáneas
y los versos que escribí
cuando la música dejó de sonar.
He de venir a justificar
la oscuridad,
pero debajo de las sombras
suelo ser yo,
la pieza faltante
de mi puzzle personal.

Poema inspirado. Gracias a mi amigo Ignacio Perfetto, Abrazo de árbol.

El agua parte sin regresar

Ha dejado de llover.
Y soy consciente que el frío no me deja pensar con claridad.
Tengo sed y me duelen los pies;
la música no ha dejado de sonar,
quizá el viento, me enseñe el lugar,
aquel lugar, donde nada duele,
donde el vacío es una bala en la cien.

Nostalgia vestida de felicidad,
me río.
Quizá mañana la dicha sea eterna
y los suspiros huyan de mí,
así como yo, hui de ellos…

¿Y si la lluvia se ha llevado
lo mejor de mí?
No lo sabré nunca
pues, el agua parte sin regresar.



Retórica

Retórica cuando callas,
cuando lees en voz alta.
Retórica tu fortuna,
tu pasión sin curvas.

Entrelineas he visto
tu origen,
he visto tu gesto
desvanecerse
entre polos opuestos.

La dicha consumada
florece
en madrugada,
retórica es tu almohada
coleccionando
sueños sin desconfianza.

Ya no hay plan de huida
en mí,
ni miedos con barrotes…
La esencia de vivir
es una retórica
incesante.



Díganle

Díganle, de mi parte,
que ha vencido.

Tras las ventanas de invierno
me encuentro, cautivo,
dañado, malherido,
esperando el rayo de la aurora,
el abrirse de las flores,
el primer canto de la alondra.

Fuera ya nada importa:
ni el ave, ni la magnolia
ni la luz tras la cordillera
pero, ah, dentro… se precipita
la verdadera historia.
¿Cómo saber siquiera
si es compañía esta sombra?

Díganle, que dolor se esfumó
y mi lucha transitó,
en eterna agonía…

Y, como una golondrina,
volé hacia tierras lejanas,
sin patria ni sol,
fui errante sin fe
fui bestia sin piel;
mi voz, permaneció entre
el silencio de las dudas
y la oscuridad de las mentiras.

Mi tierra sigue mojada,
el frío condena de mis culpas,
yace en mí, el cristal del alba
yace en mí la historia entretejida,
de la penumbra renaciente
y los versos sin cúpula.

Y díganle, superlativamente
que desde mi pozo hondo
aprendí que los silencios gritan desde las miradas
de quienes los habitan.
Que el amor muere
de quienes duermen
y lo conforman.
Y, aún peor,
que la soledad vive
de quienes acompañados
se sienten solos en el averno del desidio.
Heme tal vez como luna sin reflejo, ni luz,
ni espacio ni huellas.
Soy colibrí sin canto,
ala rota, la otra exhalada a la pena fugada.
Y díganle,
que no busque entre sus falacias nuestro antaño cantar.
Unilateral ha sido su desafiar…
Y, que no vuelva, que su lado vacío lo está consagrando poco a poco mi paz.
Si es así, el dolor es menos dolor.
¡Díganle!

Poema colaborativo en Instagram, entre
Rubén, Martina y Jessica.