Paranoia roja

No hay marcha atrás,
los ecos narran en la tempestad
voces arrítmicas que interrumpen
mi quietud;
hay deseos difíciles de cumplir
y las ramas de los árboles 
chocan contra la pared;
brotan de mi frente
gotas gordas de sudor. 

Paranoia roja
se desborda por toda la habitación,
el dolor no pasa
cuando la respiración pesa;
falta el aire, aun con las ventanas abiertas
y mis venas agrietadas
esperan un poco de redención.

¡Maldita calma ven a salvarme!
Sácame ilesa de esta guerra, 
he sentido la muerte en mi piel
y no me quiero morir.
¡Maldita calma! 
¿A dónde te has ido? 
Te hablo y no hay respuesta,
y mi paranoia roja 
quiere llevarme,
quiere ocultarme 
quiere enfrascarme 
en fragmentos inverosímiles…

No hay tormenta más caprichosa,
la que habita en nosotros.

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La Paranoia de la Culpa

Se escucharon gritos en la habitación de al lado, aquellos gritos interrumpieron el silencio alborotado. La noche estaba triste y el vino ya se había consumado. No se sabía si la mujer gritaba de placer o de dolor pero nadie quiso percatarse de ello. Al día siguiente, desperté y la resaca me estaba aniquilando. Bajé a la recepción y no había ni una persona, la neblina tapaba mi visión. Sentía como la brisa helada se inmiscuida en mi piel. De la nada apareció el recepcionista y tremendo susto me ha dado. Me dijo que me dirigiera al buffet para desayunar. Le pregunté si habían más huéspedes además de mí porque parecía un hotel fantasma y anoche había escuchado a una mujer gritando. Él, con su elegante sonrisa me dijo que solamente habíamos cuatro personas… En esa época no es mucha la gente que se arriesga a viajar por las condiciones climáticas. Y yo la verdad no estaba de paseo, estaba huyendo de mi aturdida realidad. 

El frío estaba tan abrumador que podría haberme convertido en hielo. La sala de comedores estaba vacía, observaba para todos lados pero no veía a nadie, pero aún así, sentía muchas miradas alrededor mío. No le presté mucha atención, ya que me moría de hambre y pensé que solo era mi imaginación. Al rato, apareció una pareja; el hombre tenía un aspecto excéntrico, mirada penetrante mientras que la mujer se veía fuera de sí misma, tenía la mirada perdida. No quería mirarlos mucho pero difícilmente pasaban desapercibidos. Terminé de comer y me dirigí a mi habitación. En el trayecto sentía pasos detrás de mí y oía susurraban mi nombre, pero nuevamente pensaba que era producto de mi mente.

Quise ducharme, me sentía bastante agotada y no entendía, no había hecho nada en el trascurso de la mañana. Llené la tina y me metí en ella, el agua estaba bien caliente sin embargo con el frío que hacía no se percibía. Cerré los ojos, respiré profundo… podía sentir cómo mis pulmones flotaban en el agua. En ese instante aparecieron flashbacks del accidente: un auto dando vueltas, sangre por todos lados y el señor ciclista estrellado contra un poste. Abrí los ojos, estaba temblando. No podía controlar mis movimientos ni mis lágrimas. El sentimiento de culpa estaba consumiéndome, y no sabía si señor habría sobrevivido, lo único que hice fue huir, escapar como una vil cobarde. 

Lloraba, lloraba y me daba golpes en la cabeza, de un momento a otro la luz se apagó. Quedé en la absoluta oscuridad; al lado tenía mi celular, lo busqué para guiarme. El agua se empezó a enfriar, estaba tan fría que no me podía mover. Tenía tanto miedo que no pude reaccionar, sólo me quedé como una estatua en la tina. Poco a poco, me iba hundiendo en el agua y todavía seguía sin poder moverme. Tenía mil gritos atorados en mi garganta, yo sentía que gritaba pero mi voz no salía hasta que «alguien» me empujó hasta el fondo de la tina, sentía sus manos pesadas en mi cuerpo, quería ahogarme, yo sé que ese era su propósito. Empero, seguía pensando que nada de eso era real, todo era producto de mi paranoia. Cuando escuché su voz, era la voz de un hombre enfadado diciéndome: ¡Me dejaste morir! ¡AHORA VAS A MORIR!
La luz volvió y estaba sola en el baño. Tenía las manos en mi cuello, el agua otra vez estaba caliente. No lograba distinguir si lo que me acaba de pasar era real o no. Me levanté de ahí como pude. Corrí al cuarto, me cambié rápido antes que aquel «misterioso hombre» apareciera de nuevo. Yo sabía lo que tenía que hacer, tenía que dejar de huir y afrontar la verdad, sino esta culpa me iba a matar.

Doble Cara (Peligro Mortal)

La mañana estaba soleada, el sol brillaba en todo su esplendor. Juana abrió los ojos, –un tanto desorientada– y miró a su alrededor, su habitación estaba hecha un caos. Al lado de ella, estaba un hombre que nunca había visto. Ella no recuerda nada de la noche anterior, ni mucho menos recuerda la cara del hombre que estaba desnudo en su cama. Sus sentidos se encandilaron de tanto pensar que no lograba entender lo que había ocurrido y cómo había terminado durmiendo con un desconocido. Encendió un cigarrillo, se sirvió un trago de whisky, mientras sus pensamientos vagaban entre sí sin dar fruto alguno. En ese instante, aquel hombre se despierta y la llama por su nombre, con mucha confianza. Juana queda sorprendida, deja caer el vaso donde estaba bebiendo y solo piensa: ¿cómo diablos le voy a decir que no recuerdo nada? ¡Ni sé quién carajos es! Él la aborda por la espalda, planteándole un beso en la mejilla, ella en seguida se aparta y le dice: no sé quién sos, vete por favor. El hombre queda muy desconcertado, la miraba con pena y acentúa: ¿otra vez amor? ¡Esta es nuestra casa! ¡LLEVAMOS DOS AÑOS CASADOS!

Juana, rompe en llanto y empieza a gritar. No puede asimilar con claridad las estupideces –según ella– que está escupiendo aquel hombre extraño. Para ella todo es una confusión. Entretanto, él le muestra las fotos de la boda que están en la repisa de la habitación y señala el dedo donde ella porta el anillo que simboliza la unión. Ella está muy aterrorizada, quiere salir corriendo de esa casa pero «su esposo» trata de tranquilizarla. Cae al piso y empieza a convulsionar, logrando así perder el conocimiento. Horas más tarde, Juana vuelve en sí. Está acostada, le duele todo el cuerpo y su cabeza pareciera que fuese a explotar. Se levanta de la cama y trata de salir del cuarto pero se da cuenta que la puerta está cerrada con llave. Forcejea, llena la puerta de golpes y al fondo, aquel hombre extraño le dice: si no te calmas, no podré abrirte la puerta, ya hemos pasado por esto muchas veces —afirma — … —¿Qué es esto?, ¿Un secuestro? ¡SÁCAME DE AQUÍ! — dice Juana con voz nerviosa.

El ambiente se torna muy desalentador para ella, siente que le arrebataron su libertad. Al mismo tiempo se pregunta porqué no puede recordar nada, absolutamente nada de su pasado. Solo sabe que se llama Juana y ¡que «supuestamente» está casada con un tipo que ni sabe su nombre!. Camina para un lado, camina para el otro, su respiración se empieza a entrecortar, detalla todo el lugar en busca de posibles recuerdos fortuitos. Aquel desconocido abre la puerta con cautela. Observa la habitación, Juana no se ve a simple vista, la llama, ella no responde. Él entra sigilosamente y le dice: ¿Dónde estás?… te traje algo para comer… Juana lo sorprende por la espalda, y le arroja una lámpara sobre su cabeza. Ella sale corriendo de la habitación mientras El Extraño cae al piso, aturdido del dolor. Juana está inundada en lágrimas, pide auxilio por las ventanas, grita que la tienen secuestrada. Llega a la puerta de la casa y está con clave de seguridad, su respiración está muy agitada. Siente los pasos del aquel extraño tan cerca que sale corriendo a la cocina por algún cuchillo que pueda salvarle la vida.

El Extraño camina atontado por el pasillo, la llama insistentemente, le pregunta dónde está. Nota que algo brota de su cabeza, se revisa con cuidado y es sangre. Entra a la sala como puede, se siente muy mareado por el golpe. Desde ahí puede verla, ella está angustiada y grita: ¡POR FAVOR NO ME HAGAS DAÑO! —No te haré daño, Juana tranquila… deja ese cuchillo ahí y ven a mí… vos me conocés, hemos sido muy felices desde que nos casamos y yo te amo… — replica El hombre extraño. —Pero yo no sé quién sos, ni sé tu nombre… jamás había visto tu rostro… —Dios… no creí que te fueras a deteriorar más…
El Extraño empieza a contarle que se llama Federico, que se conocen hace más de 10 años y que ella padece una enfermedad degenerativa de la memoria. Juana no está convencida de su versión y le reclama porqué la tiene encerrada. Federico le asegura que es por su bien y que era cuestión de tiempo para que ella volviera a recordar todo. La paranoia se apodera de Juana, de todo lo que dijo Federico, no cree ni media palabra. Pero tampoco no tiene a quién a acudir ya que no recuerda nada de su pasado. Ella le pregunta por sus familiares, Federico evade las preguntas y afirma que no es el momento para hablar sobre eso.

Cae la noche y en la casa todo es un mar de confusión, caos y desespero. Juana se siente sofocada porque su esposo no la deja sola ni un minuto. Ella siente que él miente, se niega a creer que ella esté mal de la cabeza, sin embargo, sus recuerdos se han ido. Ante tantas dudas rodándole en la cabeza, exige hablar con su médico pero Federico dice que ya es muy tarde y no es la hora adecuada para llamarlo. Tanta negativa por parte de su esposo hace que desconfíe, para ella aquí hay algo que no cuadra… Asfixiada hasta las tetas, le pide a Federico que la deje un momento a solas, quiere descansar. Juana empieza maniobrar un plan de escape; no podría pasar más tiempo encerrada, con una persona que bien podría ser “su enemigo”.
Piensa, piensa, piensa y no hay nada en concreto, solo consigue una terrible jaqueca. De repente escucha el teléfono sonar y Federico contesta: … en estos momentos ya está calmada pero no ha sido fácil lidiar con ella, ya no sé qué más hacer… Juana oye atentamente la conversación… Todo depende de cómo ella amanezca, sino no se puede hacer nada, ella es la que debe firmar. —No puede ser, no puede ser… yo tenía razón, este tipo quiere hacerme daño, ¿Cómo putas no puedo recordar nada de mi pasado? … Estoy secuestrada… ¡Sí, es eso! Juana empieza a juntar todo el rompecabezas pero aún hay piezas por juntar, el desespero toma participe de la situación y ella está decidida a salir de ahí a como de lugar.

A la mañana siguiente, todo estaba aparentemente tranquilo, Federico estaba durmiendo en la sala. Juana estaba eufórica, con las pupilas bien dilatadas. No pudo conciliar el sueño pensando en cómo llevar a cabo su plan. Respira profundo y se dice asimisma que todo va a salir bien. Procura no hacer ningún ruido, va en busca de las llaves de la puerta que están en la barra de la cocina. Coge las llaves, camina de puntitas y cuando cree que va lograr su objetivo, en su rostro se dibuja una enorme sonrisa pero esta se ve empañada por la mano de «su esposo» en la puerta. — ¿Qué crees que estás haciendo? Dice Federico, con un tono desafiante. No estás en condiciones de salir. Yo solo quiero salir de acá y tomar un poco de aire fresco. No entiendo por qué me tenés encerrada, cuál es tu propósito? — Es por tu bien… — Al diablo todo esto… quiero irme y no me no vas a impedir. Federico toma a Juana por los brazos, la alza para llevarla a la habitación, ella le da golpes por todos lados y grita con mucha desesperación. En ese lapso de tiempo recuerda su plan y muerde a Federico en el cuello, ambos caen al piso. Con todas sus fuerzas se levanta, cojea hasta la cocina, toma en sus manos un cuchillo y se devuelve a matar a Federico. Él está de espaldas, quejándose del dolor. —Vos no entendés… Estás enferm… Juana le clava el cuchillo cuatro veces por la espalda. Toda la sangre de Federico termina en su cara. — Te dije que me dejaras ir…

Satisfacción y desolación son los sentimientos que priman en el corazón de Juana. Ella busca las llaves del carro en los bolsillos de Federico, sale de la casa. Sentada en el auto, en el asiento del copiloto está un papel que dice: Señora Julieta favor presentarse el día 10 abril para firmar la adquisición de los bienes recibidos por parte de sus padres…