Quise Odiarte

Quise odiarte, Lo hubiera conseguido si no te hubiera querido tanto, aún así, Insisto. Te odio. Te odio con la misma fuerza que te amo. Juré que nunca te odiaría, prometí aborrecer tu nombre. Me acostumbré a tu ausencia… esa misma ausencia que habitaba entre los dos cuando estabas conmigo. Quise odiarte, pero todo fue un engaño que mi mente había tejido, porque por más que quiera, jamás podría odiar lo que mi alma había poseído.

Aun tengo la intención de odiarte, quisiera ser capaz de consumar mi odio, pero en mí, todavía hay reversas de tu querer. Ojalá algún día pueda odiarte tanto como me odias. Quisiera tener tu coraza, quisiera tener tu voluntad. Tal vez nunca pueda odiarte, es verdad, pero estarás destinado a vivir en el baúl del olvido.

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Poema al Odio

Nos invitan a evitarlo,
Obligándonos a no sentirlo,
Hacen creer que no es bueno,
Que el camino es ocultarlo.

¡Ignóralo! Dicen ellos,
Deshacerse de él es lo correcto,
¡Perdone y será salvado! Dicen todos,
Y aún así, experimentarlo es un delito.

Nadie habla sobre él,
Ni le escriben canciones o poemas,
Es un insulto tan siquiera pensarlo…
Cautivo es, solitario también.

Poema al odio, moribundo odio,
Destilar es su derecho,
Expresarlo es nuestro deber,
Dejarlo ser…
¿Por qué no? Es un sentimiento.

Sentimiento que resurge,
Se manifiesta, duele, mata…
Carcome por dentro,
Déjelo vivir y tal vez así encuentre la libertad.

 

Envidia

La melancolía de las mañanas  augura un sinfín de malestares existenciales con la vida; procura no mirarte mucho al espejo, tus resentimientos salen a flor de piel. Son tus lágrimas tibias el sagrado baño matutino. Culpas a todos, a cada uno de los que te rodean por las desdichas expuestas en tu camino, el deseo de ser quién no eres te derrota, te inunda en un mar rojo de frustración. Los golpes de pecho que te das no te alcanzan para sentirte más vivo porque la tristeza, es ese demonio que te posee y te invita a la autodestrucción. No te basta con desear todo lo que no tienes, llevas tatuado en tu alma la maldad más pura e inigualable y son tus ojos el portal del mal hacía los demás.

El odio es esa enfermedad que llevas a tu espalda, poco a poco te va carcomiendo por dentro; es ese cáncer maligno del cual nunca saldrás vivo. Tu falta de amor propio es el epicentro de esta guerra, guerra inventada por ti, todo lo que no puedas manipular es tu enemigo; te crees muy valiente y audaz pero cada que pierdes una partida, el enojo se apodera de ti, volviéndote una cucaracha, que se arrastra por el suelo para conseguir un poco de gloria.

Sientes celos hasta de tu misma sombra, al menos ella le pertenece a la noche pero tú, buscas en las demás personas lo que quieres ser. Desazonado, dejas tu identidad a un lado y apoderándote gustos, sabores, detalles, aromas, sustancias y alegrías que no son tuyas. En tu lecho de muerte, nadie sabrá de ti, nadie sabrá quién fuiste, todo lo que sabrán será una simulación de tu vida y que te moriste de la puta envidia.