“Incesto: diario no expurgado” – Anaïs Nin

Fragmentos: 

12 de Marzo de 1933.

“Artaud… la cara de mis alucinaciones. Los ojos alucinados. Los rasgos angulosos, tallados por el dolor. El hombre soñador, diabólico e inocente, frágil, nervioso, potente… Realmente es un hombre alucinado y alucinante… es un decadente quebrantado y tembloroso, otro “decadente entusiasta”… opio, quizá. Sus ojos trascienden lo que miran. La cara demacrada, la malicia, la pasión, la violencia.”

[…] 8 de Junio 1933

Sabía que Artaud era un loco enfermo y atormentado, sentía interés por él, pero no un interés humano; y él, tan morboso e inestable, quería el trofeo que , sabía, reclamaban Allende, Henry y Eduardo, y lo quería todo para sí… no sé porque. Sentados en el Coupole, nos besamos y traté de demostrarle que era sincera, que era un ser dividido, que eso no era un juego sino una tragedia… porque no podía amar imaginativamente y a la vez humanamente. Y poco a poco la historia de mi “locura”, tan semejante a la suya, lo conmovió… Porque los seres humanos le parecen espectrales y él teme  la vida, duda de ella. Dice que lo fascinaban mis deslizamientos, mi lucidez, mi vitalidad… que era la serpiente emplumada… víbora y ave…

[…] 8 de Junio 1933

Sé que me veo arrastrada a esta impasse una y otra vez, y que enfrento el mismo desenlace, la posesión física.; y que no me interesa ala posesión física sino el juego, como el sucede a don Juan, el juego de la seducción, de enloquecer al otro, de poseer a los hombres, no solo físicamente sino también sus almassoy más absorbente que las putas.

[…] 8 de Junio 1933

Juego con el sexo, pero también con las almas, las imaginaciones. Una puta es una puta honrada. Yo seduzco los cuerpos y las almas de los hombres, juego con cosas serias, sagradas. Como dijo Henry, amo el sacrilegio. Soy una nueva clase de hechicera. Los hombres de vida seria, profunda, los que no caen en las redes de las putas, los hombres menos sometidos a la voluntad femenina: he ahí los hombres que poseo. Soy un veneno que no se limita a atacar la carne, sino que penetra hasta fuentes más profundas.

[…] 8 de Junio 1933

Vi a Artaud apresado por la sacerdotisa inca, por la serpiente emplumada, por las plumas y la fluidez, la astucia y la ternura.

       – Tan frágil y suave –dijo. Y me miro con ojos absolutamente trastornados. Absolutamente trastornados.

            -La gente cree que estoy loco –añadió.

En ese momento sus ojos me dijeron que efectivamente lo estaba, y amé esa locura. Al mirar los bordes ennegrecidos por el láudano, una boca que no quería besar…, y supe que otra vez me atraía la muerte, siempre me atraía la muerte, hasta el fin, las culminaciones, las locuras. Ser besada por Artaud era ser envenenada; conocía esos estremecimientos de una vida espectral y me sorprendía que Artaud me considerara tibia y carnal…

            -No esperaba encontrar mi locura en ti –declaró.

Hablaba como un poeta y yo reía al pensar en mi avidez de poesía. ¿Estaba ahí con Artaud porque vertía poesía; porque creía en la magia; porque se identificaba con Heligábalo, el emperador romano demente; porque su teatro, sus obras y su ser estaban entrelazados; porque en el taxi hablaba como Hamlet y se apartaba el pelo de la cara aterradoramente mojada y demacrada? Ha atrapado mi imaginación. La domina; camina, habla, lee, evoca momias, decadencia romana, drogas, locura, muerte. Y yo trataba nuevamente de entrar en una experiencia, atravesarla sin entregar mi yo, y era cada vez más difícil… penetro con cautela en las regiones fantásticas de Artaud, y él también pone sus manzanas torpes sobre mí, sobre mi cuerpo y, como la mandrágora al roce de la mano humana, doy alaridos.

 

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Teoría King Kong –Virginie Despentes (Fragmento)

Hace unos días me leí este libro, nunca había leído nada sobre esta autora francesa y la verdad quedé atónita. Me gustó muchísimo su ensayo, la manera cómo abordó temas sensibles como la violación, la prostitución y la pornografía dentro de una perspectiva netamente personal. Sin pelos en la lengua y visceral, al final quedé al desnudo con la realidad. 

 

«El feminismo es una revolución no un reordenamiento de consignas de marketing, ni una ola de promoción de la felación o del intercambio de parejas, ni tampoco una cuestión de aumentar el segundo sueldo. El feminismo es una aventura colectiva, para las mujeres pero también para los hombres y para todos los demás».

 

Fragmento del capítulo: Imposible violar a una mujer  tan viciosa

(…)Un coche con tres chavales blancos, típicos barriobajeros de las afueras en esa época, cervezas, porros, hablan de Renaud, el cantante. Como son tres, al principio, no queremos montarnos con ellos. Pero se toman la molestia de hacerse los simpáticos, de bromear y de discutir. Nos convencen de que es estúpido esperar al oeste de París cuando ellos podrían dejarnos en el este, desde donde sería más fácil encontrar a alguien que nos lleve. Y acabamos montándonos en el coche. De las dos, yo soy la que ha corrido más mundo, la más bocazas, la que decide irnos con ellos. Nada más cerrar las puertas, ya sabemos que hemos hecho una tontería. Pero en lugar de gritar «nos bajamos» durante los pocos metros que hubiera sido posible, cada una se dice en su esquina que hay que dejar de ser paranoica y de ver violadores por todas partes. Llevamos una hora hablando con ellos, tienen pinta de simples tarados, graciosos, realmente nada agresivos. Esta proximidad quedará entre las cosas imborrables: cuerpos de hombres en un lugar confinado en el que estamos encerradas, con ellos, pero sin ser como ellos. Nunca iguales, nuestros cuerpos de mujer. Nunca seguras, nunca como ellos. Somos el sexo del miedo, de la humillación, el sexo extranjero. Su virilidad, su famosa solidaridad masculina, se construye a partir de esta exclusión de nuestros cuerpos, se teje en esos momentos. Es un pacto que reposa sobre nuestra inferioridad. Sus risas de tíos, entre ellos, la risa de los más fuertes, de los más numerosos.

Mientras ocurre ellos hacen como si no supieran exactamente qué está pasando. Como llevamos minifalda, como tenemos una el pelo verde y la otra naranja, sin duda, «follamos como perras», así que la violación que se está cometiendo no es tal cosa. Como en la mayoría de las violaciones, imagino. Imagino que, después, ninguno de esos tres tipos se identifica como violador. Puesto que lo que han hecho es otra cosa. Tres con un fusil contra dos chicas a las que han pegado hasta hacerles sangrar: no es una violación. La prueba: si verdaderamente hubiéramos querido que no nos violaran, habríamos preferido morir, o habríamos conseguido matarlos. Desde el punto de vista de los agresores, se las arreglan para creer que si ellas sobreviven es que la cosa no les disgustaba tanto. (…)

(…)He aquí un hecho aglutinador, que conecta a todas las clases sociales, todas las generaciones, todos los cuerpos y todos los caracteres. Pero ¿cómo explicar que nunca oigamos al adversario: «fulanito ha violado a fulanita, en tales circunstancias»? Porque los hombres siguen haciendo lo que las mujeres han aprendido a hacer durante siglos: llamarlo de otro modo, adornarlo, darle la vuelta, sobre todo no llamarlo nunca por su nombre, no utilizar nunca la palabra para describir lo que han hecho. Se «han pasado un poco», ella estaba «un poco borracha» o bien era una ninfómana que hacía como si no quisiera: pero si ha ocurrido es que, en realidad, la chica consentía. Que haga falta pegarla, amenazarla, agarrarla entre varios para obligarla y que llore antes, después y durante, eso no cambia nada; en la mayoría de los casos, el violador se las arregla con su conciencia: no ha sido una violación, era una puta que no se asume y a la que él ha sabido convencer. A menos que ese no sea un peso demasiado difícil de soportar, también del lado de ellos. Pero no sabemos nada, ellos no dicen nada. Solo se identifica en prisión a los psicópatas graves, los violadores en serie que recortan coños con cascos de botella, o a los pedófilos que atacan a las niñas. Porque los hombres, claro está, condenan la violación. Lo que ellos practican, eso es otra cosa.

Fragmento de Satanás (Mario Mendoza)

Capítulo X

Campo Elías Delgado, ex combatiente de Vietnam y ahora profesor de inglés, pasa, con las manos temblorosas y recubiertas por una fina capa de sudor, las páginas de la novela, el extraño caso del Doctor Jekyll y Mister Hyde de Robert Louis Strevenson. No lee por entretenimiento o distracción, sino de una manera febril, intranquila, buscando un cada párrafo la confirmación  de un futuro inmediato que debe cumplirse inevitablemente. Sabe que está llamado a convertirse en un ángel exterminador pero quiere que el libro le dé la prueba irrefutable de su destino, necesita constatar primero en la letra escrita los hechos aterradores que dentro de poco llevará a cabo con sangre fría y pulso firme, como si fuera un héroe antiguo que ejecutara sin dudarlo el decreto de unos dioses crueles y sangrientos. Así, ansioso, expectante, con la respiración agitada, deposita sus ojos en la declaración final del protagonista, el doctor Jekyll: Me fui acercando cada vez más a esa verdad, cuyo descubrimiento parcial me ha condenado a este terrible naufragio: que el hombre en realidad no es uno, sino que verdaderamente es dos (…) Vuelve a mirar el libro y se concentra en la lectura: La maldición del ser humano consiste en que estos dos incompatibles gusanos estén encerrados en la misma crisálida, mellisos de anípodas perpetuamente en la lucha en el seno de la conciencia. (…) Se recuesta en el asiento y observa la pared distraído, pensativo: Dos hermanos con el rostro idéntico que viven dentro de nosotros, Sí, perfecto, El militar y el miserable profesor de inglés. Ya me cansé de representar el papel del buen hombre que anhela ser aceptado por el rebaño y el decente trabajador que desea ingresar en el redil y que lo dejen permanecer allí con las demás  ovejas. No, vamos a darle rienda suelta al otro, al hábil, al diestro, al listo de la familia, al gemelo astuto que les dará a los demás una lección de osadía y temeridad. ¿Qué se creían, que me iba a quedar el resto de la vida con la cabeza gacha, pidiendo como un limosnero lo que me deben por mis mediocres clases de inglés? Ya verán, vamos a sorprenderlos. Regresa a la novela y lee los renglones que están justo en la mitad de la página, cuando sale a flote la malvada personalidad de Edward Hyde: Me supe a mí mismo, desde la primera bocanada de esta nueva vida, más malvado, diez veces más malvado, entregado como esclavo a mis malas pasiones originales; y el descubrimiento, en ese instante, me exaltó y me encantó, como si se tratara de un sorbo de vino. Estiré los brazos, exultante, en la frescura de las sensaciones…

Escucha la voz de su madre que lo llama desde la cocina. Decide no moverse y no responder. Está atrapado en el poder de esas palabras que lo incitan a una transformación inmediata: Edward Hyde, sin antecedentes en la historia de la humanidad, era ejemplo exclusivo del mal… Y se despertó y se desató en mí el espíritu demoníaco…

Los golpes en la puerta lo sacan de la lectura y lo obligan, iracundo a preguntar:
—¿Qué pasa?

—Lleva dos días encerrado sin comer nada. ¿Está enfermo?
—¿Y usted qué le importa? ¡Encárguese de sus asuntos, bruja!
—¿Quiere que llame a un médico?
Coge uno de sus zapatos y lo estrella contra la puerta.
—¡Lárguese! ¡Déjeme en paz!

Escucha ruidos de pasos que se alejan. Frunce el ceño y piensa: A ésta también le daré su merecido. Es hora de ponerla en su sitio. Las líneas leídas son ya suficiente estímulo para iniciar la metamorfosis. Se siente seguro de lo que va a hacer, sin vacilaciones ni incertidumbres de ninguna clase. Pone el libro sobre la mesa de noche, pega un salto y se mete en el baño para ducharse, afeitarse y acicalarse. Busca su mejor traje, alista el revolver calibre 38 corto y las municiones, embetuna y brilla los zapatos de cuero, y se viste con parsimonia, tomándose su tiempo, fijándose en los detalles más simples (que la camisa no vaya a quedar arrugada, que el nudo de la corbata no es´te inclinado y fuera de lugar, que la línea del pantalón esté bien plantada y marcada, que los zapatos no tengan manchas ni raspaduras visibles). Luego ajusta en su costado izquierdo la funda y el revólver, cierra el cinturón ribeteado de balas y amarra en su costado derecho la vaina con el cuchillo de supervivencia de fino acero toledano que guarda como recuerdo de su estadía en los campos de batalla de Vietnam. A su memoria llega de pronto la imagen de Travis en la película Taxi Driver: Robert De Niro delgado y joven, apenas un muchacho, mirándose en el espejo ante un contrincante imaginario y desenfundado con rapidez sus armas refulgentes y letales. Campo Elías separa las piernas e mita los gesto, la actitud y mirada de De Niro:
—Are you talking to me? — dice en un inglés impecable, sin acento.
Voltea la cabeza, mira  a los costados, abre los brazos como indicando “Hey, viejo, aquí no hay nadie más, luego debes estar dirigiendote a mí” y repite, esta vez en un tono más alto:
—Are you talking to me? 
Mete la mano dentro del saco y, en dos segundos, saca el revólver y apunta al frente. Sonríe cierra las piernas y dice en voz alta:
—Estamos bien de reflejos. 

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Mario Mendoza (Bogotá 1964)  es un escritor, catedrático, profesor y periodista colombiano.