Reflexión en un banquillo.

Salí a caminar y me senté en un parque a ver la gente pasar. Quise fumarme un cigarrillo pero recordé que mi relación con el tabaco ha caducado o bueno, eso creo. Lo cierto es que hace rato no me fijaba en las cosas simples que hay alrededor mío. Como el brillo sol contrasta en los árboles, y éstos a su vez bailan eufóricamente con el viento. ¡Vaya viento más destructor de peinados! Aquí un día hace frío y al otro un calor espantoso, supongo que es una de las “ventajas” de vivir en la línea ecuatorial. Por suerte, hoy hizo un lindo día y por suerte hoy tuve tiempo de observar pequeños detalles de mi cotidianidad. Digo que es una suerte, porque normalmente yo me vivo quejando de esto, de aquello y de lo que no ha ocurrido, es decir, pierdo estúpidamente mi tiempo. Pero bueno, volviendo al tema en cuestión: observé a las personas correr de un lado para otro, iban de afanes; unos hablaban entre sí, otras iban cargando a sus bebés. También estaba un señor que vendía helados, se veía agotado. Habían niños jugando fútbol callejero y unos perros jugueteando por todo el parque. Saqué el celular y quise empezar a escribir un poema pero sentí que no era el momento adecuado. Mi mente y mis ojos estaban muy inquietos capturando todo lo que veía, y si yo agachaba la cabeza al móvil, me iba a perder algún detalle que no quería. Mágico momento de introspección. De un momento a otro, el clima empezó a cambiar y un montón de nubes llegaron sin avisar. Sabía que si no emprendía la huida, iba a terminar empapada por la lluvia. Pero eso no me preocupaba en absoluto, es más si me hubiese mojado, no importaba, sólo era llegar a mi casa y cambiarme la ropa.  Empecé a caminar de vuelta a casa, y me percaté que tenía una goma de mascar en mi bolsillo. La vieja costumbre de fumar y después comer algún dulce para persuadir el olor. Sonreí y maldecí. Hay cosas que nunca cambian. 

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El accidente que es vivir.

Los días transcurren con calma, una abrumadora calma que se logra confundir entre el espejismo y la realidad. Lo esquiva que a veces puede resultar la vida, fluctúa infinitamente en la mente de aquellos mortales que el silencio los hace desfallecer.

Escuchar el tic-tac del reloj, mientras ves el tiempo desvanecerse entre tus ojos; esperando aquellos abrazos que jamás sucederán de nuevo, y botando amargos recuerdos al basurero más espeluznante que pueda existir: el olvido. Recordando que no hay tiempo, la vida es un eterno baile que ante cualquier descuido te pisa los pies.

Cada paso conseguido regurgita la angustia, domesticándola a su antojo; destronando batallas inimaginables, porque el único que vive y se alimenta de las esperanzas es el nefasto miedo.

—“Valiente serás si logras vencer el miedo” — grita, mi mente.

Cobarde, la cobardía se ha apoderado de mí, lo admito. Me he dejado envolver en los placeres oscuros de aquellas dudas que poco a poco fueron absorbiendo las ganas de salir de ese maldito pozo, infestado de pesimismo y carcomido por el conformismo inepto que alguna vez tanto critiqué.

—“Tocar fondo, bañarse con las frustraciones no es del todo malo”— recalqué, sumergida entre la mierda — mientras, la vida carcajeaba y se pavoneaba de mis desgracias.

Sentirse derrotada, llena de infortunios que yo misma causé; fue mi alimento y refugio impenetrable que me permitieron sentirme más viva. Gallardía al levantarme, estando reventada en el pavimento sin necesidad de recurrir a los vicios que alguna vez hicieron parte de mí. Aparté esa guerra interna que no me dejaba avanzar, dejé de pensar en los demás. Dejé de pensar en los posibles desenlaces de mi vida y empecé a vivir, creer en el ahora. En este presente fortuito lleno de contrastes, amargo y dulce; en donde existir podría llegar a ser el accidente más bonito que podría pasar.

Los Días

Pasan los días, pesan los errores sobre los hombros. Una decepción tras otra es el pan de cada día, los minutos empiezan a valer oro. El tiempo nunca ha sido amigo de nadie, es egoísta y mezquino. Los pecados cometidos se aluden y se ríen a carcajadas mientras que las malas decisiones escupen dolorosos desenlaces que florecen en la cúspide de los ojos.

La fe en la humanidad es utópica y sarcástica, burocracia enferma de narcisismo. La madre tierra infectada de una bola de heces putrefacta que somos los seres humanos. Personas pasando por encima de los demás, buscando el papel protagónico del largometraje llamado “vida”.

Sentimientos menospreciados y aplastados por unos cuantos billetes. El amor se extingue entre humo propagado por el desinterés. La paz es el mejor chiste jamás contado.

Amistades van y vienen, pocas veces permanecen. Las que se quedan afilan sus cuchillos para apuñalar en los momentos de mayor debilidad. Familias cegadas por el poder y la envidia; convirtiéndose en unos verdugos justicieros tan solo por llevar a cuestas un apellido que tanto deshonran.

El futuro divaga entre el pasado y el presente. Es un vagabundo sombrío, amado por unos, odiado por otros. El reloj no se tiene, los años avanzan a una velocidad inimaginable y es tan irónico el tiempo, porque él no perdona ni hace reclamos simplemente está entre nosotros como un asesino esperando matar a su victima sin previo aviso.