Los Dos

Todo estaba entredicho, las palabras eran ecos que retumbaban en los oídos, cada frase parecían balas  que se clavaban en el pecho. No hubo tiempo para decir adiós ni un hasta luego, todo pasó tan rápido que las miradas hablaban por si solas, mientras los labios temblaban de cólera y el corazón latía bruscamente. El daño estaba hecho y no había remedio para el dolor.
Sus ojos se enrojecieron y de ellos brotaron lágrimas sin esfuerzo, sus manos se encogieron de la rabia y cientos de puños destrozaron la pared. Quiso salir corriendo, pero su furia no se lo permitió. En esa habitación estaba su vida, sus sueños, su juventud; estaba el tiempo, las noches de lujuria y las mañanas de amor. Quería matarla, destrozarle el cuello o clavarle un cuchillo, todo eso pasó en un micro-segundo por su jodida cabeza… ella solo sonreía de temor. Quiso matarla, mas no lo consiguió, él la adoraba, ella era su reina, su fortuna y bendición. Quiso besarla de nuevo, hacerle el amor, pero ella solo gritaba: «vete, ya no te amo. Ya tengo un nuevo amor»
Él no lo comprendía, no sabía cuándo, cómo ella lo había dejado de querer. Sin embargo él se estaba engañando a sí mismo, él sabía exactamente la hora, el lugar y el momento en que todo se había ido para el carajo. Ya no cabían más las promesas en su boca, los hechos demostraban otra cosa y justo ahí ella lo dejó. Se cansó de sus juegos, de sus imbecilidades y su falta de carácter. Ella lo amó con su vida, pero se dio cuenta que amar no es suficiente, no se puede entregarlo todo y quedarse con las manos vacías.

Llegó la desazón a buscar refugio en medio del caos que concierne a los dos. Dos almas rotas, dos caminos divididos y un amargo adiós para un amor golpeado, ultrajado por la deslealtad de uno de los dos. 

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Microcuento: Sin salida

Ella sabía que era la última vez que lo iba a mirar a los ojos. Sabía también que no volvería abrazarlo, ni sentir su respiración en cada beso. Él no la volvería a mirar con amor y la confusión empañaría el destino de ambos.
Ella sabía que no podía seguir ocultando la verdad, esa mentira la estaba dejando sin aire, sin vida. Él sabía que algo no estaba bien y preguntó: ¿Qué nos pasa? Ella sin más remedio le dijo: hace rato dejó de pasarnos.

No hay más remedio que el adiós.

Tengo que dejarte ir, soltarte y por favor no te detengas. No mires hacía atrás, yo tampoco lo haré. Tengo que aceptar que lo nuestro ya fue. En mi memoria tengo recopilados nuestros intentos fallidos. Duele, duele ponerle punto final a lo que sientes, ¿y quién puede contra el corazón?

“Lo que pasó fue para bien y no lo trates de entender, sabés que ya no hay vuelta atrás, tuvimos la oportunidad”… 

“Tantas veces te vi, simulando un olvido y eso pasó…”

Podría enumerar todas las canciones que hicimos nuestras y muchas de ellas perduraran en nuestra vida. A veces me pregunto qué nos pasó, cómo hicimos para destruir lo que con tanto esfuerzo y sacrificio habíamos erguido… No hay explicaciones para lo ocurrido. Los errores cobran la factura, van aplastando los sentimientos y es el dolor quien toma la partida en el amor. Quise creer que el amor todo lo puede, cuando en realidad el amor no fue suficiente. Nos quedamos cortos al intentar unir todas las piezas rotas que año tras año habíamos hecho.

Nos quedábamos sin aliento recordando aquellos tiempos felices, guardando la esperanza que se volvieran a repetir pero eso no ocurría; algunas chispas se atravesaron en nuestro idilio, haciéndonos recordar que esos tiempos jamás regresarían. Al final pesaron más las equivocaciones que el amor profesado entre los dos. Al final pesó más el desconsuelo fundado en el alma; brotaban  lágrimas de impotencia, de querer y no poder… Lo negamos mil veces hasta que el cansancio anunció la verdad, esa verdad que nos negábamos a creer: El amor no lo es todo, cuando la confianza tambalea y el respeto pasa a un segundo plano.

Hoy te dejo ir,

Hoy me dejo ir,

Nuestro tiempo ha terminado

Nuestra lucha llegó a su fin.

No hay más remedio que el adiós,

Y “poder decir adiós es crecer”.