Soy yo, la turba.

He dejado la brecha extendida hacia un litoral adiestrado. Quise perderme en los silencios más remotos de mi inconsciente, pero desde un principio, supe que mi último aliento se desvanecería al atardecer. Mi alma agotada baila en el compas de mi frustración. Su tenue música es cómplice de mis decisiones y mis susurros tiemblan de dolor.

Ya me he embriagado de pena, y no quisiera rogar por un poco de paz. Pero mi llanto reclama su tiempo y la alegría de vivir, de soñar e imaginar es un desierto. No voy a mentirme, ya me cansé de ese jueguito, pues, soy yo la turba que enciende los vestigios.

Tal vez mi pluma cese sin plegarías y se quiebre al ver mi rostro en el vidrio. Mi imprudencia no promulgará un gesto ni un respiro. Ha muerto el día y en él, yo aún vivo. ¿No es acaso, la vida una ilusión efímera?


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