Capítulo X

Campo Elías Delgado, ex combatiente de Vietnam y ahora profesor de inglés, pasa, con las manos temblorosas y recubiertas por una fina capa de sudor, las páginas de la novela, el extraño caso del Doctor Jekyll y Mister Hyde de Robert Louis Strevenson. No lee por entretenimiento o distracción, sino de una manera febril, intranquila, buscando un cada párrafo la confirmación  de un futuro inmediato que debe cumplirse inevitablemente. Sabe que está llamado a convertirse en un ángel exterminador pero quiere que el libro le dé la prueba irrefutable de su destino, necesita constatar primero en la letra escrita los hechos aterradores que dentro de poco llevará a cabo con sangre fría y pulso firme, como si fuera un héroe antiguo que ejecutara sin dudarlo el decreto de unos dioses crueles y sangrientos. Así, ansioso, expectante, con la respiración agitada, deposita sus ojos en la declaración final del protagonista, el doctor Jekyll: Me fui acercando cada vez más a esa verdad, cuyo descubrimiento parcial me ha condenado a este terrible naufragio: que el hombre en realidad no es uno, sino que verdaderamente es dos (…) Vuelve a mirar el libro y se concentra en la lectura: La maldición del ser humano consiste en que estos dos incompatibles gusanos estén encerrados en la misma crisálida, mellisos de anípodas perpetuamente en la lucha en el seno de la conciencia. (…) Se recuesta en el asiento y observa la pared distraído, pensativo: Dos hermanos con el rostro idéntico que viven dentro de nosotros, Sí, perfecto, El militar y el miserable profesor de inglés. Ya me cansé de representar el papel del buen hombre que anhela ser aceptado por el rebaño y el decente trabajador que desea ingresar en el redil y que lo dejen permanecer allí con las demás  ovejas. No, vamos a darle rienda suelta al otro, al hábil, al diestro, al listo de la familia, al gemelo astuto que les dará a los demás una lección de osadía y temeridad. ¿Qué se creían, que me iba a quedar el resto de la vida con la cabeza gacha, pidiendo como un limosnero lo que me deben por mis mediocres clases de inglés? Ya verán, vamos a sorprenderlos. Regresa a la novela y lee los renglones que están justo en la mitad de la página, cuando sale a flote la malvada personalidad de Edward Hyde: Me supe a mí mismo, desde la primera bocanada de esta nueva vida, más malvado, diez veces más malvado, entregado como esclavo a mis malas pasiones originales; y el descubrimiento, en ese instante, me exaltó y me encantó, como si se tratara de un sorbo de vino. Estiré los brazos, exultante, en la frescura de las sensaciones…

Escucha la voz de su madre que lo llama desde la cocina. Decide no moverse y no responder. Está atrapado en el poder de esas palabras que lo incitan a una transformación inmediata: Edward Hyde, sin antecedentes en la historia de la humanidad, era ejemplo exclusivo del mal… Y se despertó y se desató en mí el espíritu demoníaco…

Los golpes en la puerta lo sacan de la lectura y lo obligan, iracundo a preguntar:
—¿Qué pasa?

—Lleva dos días encerrado sin comer nada. ¿Está enfermo?
—¿Y usted qué le importa? ¡Encárguese de sus asuntos, bruja!
—¿Quiere que llame a un médico?
Coge uno de sus zapatos y lo estrella contra la puerta.
—¡Lárguese! ¡Déjeme en paz!

Escucha ruidos de pasos que se alejan. Frunce el ceño y piensa: A ésta también le daré su merecido. Es hora de ponerla en su sitio. Las líneas leídas son ya suficiente estímulo para iniciar la metamorfosis. Se siente seguro de lo que va a hacer, sin vacilaciones ni incertidumbres de ninguna clase. Pone el libro sobre la mesa de noche, pega un salto y se mete en el baño para ducharse, afeitarse y acicalarse. Busca su mejor traje, alista el revolver calibre 38 corto y las municiones, embetuna y brilla los zapatos de cuero, y se viste con parsimonia, tomándose su tiempo, fijándose en los detalles más simples (que la camisa no vaya a quedar arrugada, que el nudo de la corbata no es´te inclinado y fuera de lugar, que la línea del pantalón esté bien plantada y marcada, que los zapatos no tengan manchas ni raspaduras visibles). Luego ajusta en su costado izquierdo la funda y el revólver, cierra el cinturón ribeteado de balas y amarra en su costado derecho la vaina con el cuchillo de supervivencia de fino acero toledano que guarda como recuerdo de su estadía en los campos de batalla de Vietnam. A su memoria llega de pronto la imagen de Travis en la película Taxi Driver: Robert De Niro delgado y joven, apenas un muchacho, mirándose en el espejo ante un contrincante imaginario y desenfundado con rapidez sus armas refulgentes y letales. Campo Elías separa las piernas e mita los gesto, la actitud y mirada de De Niro:
—Are you talking to me? — dice en un inglés impecable, sin acento.
Voltea la cabeza, mira  a los costados, abre los brazos como indicando “Hey, viejo, aquí no hay nadie más, luego debes estar dirigiendote a mí” y repite, esta vez en un tono más alto:
—Are you talking to me? 
Mete la mano dentro del saco y, en dos segundos, saca el revólver y apunta al frente. Sonríe cierra las piernas y dice en voz alta:
—Estamos bien de reflejos. 

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Mario Mendoza (Bogotá 1964)  es un escritor, catedrático, profesor y periodista colombiano.

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